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Una historia de amor y esfuerzos con un final de “Ranita feliz”
Published 02/03/2026 by Global Communities Argentina

Durante años Deolinda trabajó como voluntaria en un comedor trayendo a su casa lo que sobraba para poder repartirlo en su propio barrio: “Todo lo que traía volaba rapidísimo. Acá hay muchas necesidades, muchos chicos”.
Por eso mismo, hace 7 años decidió comenzar a cocinar para esas familias que necesitaban un plato de comida al que por distintos motivos no podían acceder. Su esperanza era poder ayudarlos hasta que el día de mañana puedan conseguir un trabajo, porque “lo ideal es que cada uno coma en su casa con su familia”.
En este espíritu, nace el comedor Ranita Feliz de Villa Gobernador Gálvez. Deolinda cuenta que todo lo hace por amor a la gente y porque sabe que Dios desde arriba la está mirando, a quien lo único que le reclama es que le agregue más horas al día porque no da abasto con todo lo que tiene que hacer en 24 horas. “Hoy arrancamos a las 4 de la mañana, porque hay que preparar todo y a las 6 dar el desayuno. Después limpiamos y guardamos todo, hasta las sobras para inventar alguna comida después, porque acá no se desperdicia nada. Nos cuesta mucho conseguir las cosas”.

Cada frase suena como una máxima de vida que todos deberíamos aplicar, la voluntad, el trabajo por el otro, el agradecimiento eterno a cada uno de quienes la ayudan en su tarea diaria y la satisfacción de saber que 120 familias, hoy pueden tener un plato de comida y pensar en un futuro mejor.
Ranita Feliz comienza su historia con Deolinda y Andrés abriendo las puertas de su humilde hogar con una olla gigante para cocinar a los vecinos que tienen más necesidades. Prenden un fueguito y se cocina al aire libre. Tiempo más tarde, la cantidad de personas que se acercan obliga a que su propia mesa, cocina y su casa se conviertan en hogar y comedor a la vez.
Con el dinero de un trabajo que había realizado, Andrés comenzó a edificar a pocos metros de la casa una construcción con algunos ladrillos soñando generar el espacio propio para Ranita Feliz. Sin embargo, los elevados costos de los materiales fueron posponiendo esa opción y solamente se pudo levantar 4 paredes.
Cuando Global Communities se acercó en la voz de Jimena y Nicolás, los referentes del comedor acudieron a la reunión convocada para las organizaciones de Villa Gobernador Gálvez, aunque imaginando que pasaría lo mismo de siempre: “Acá todos prometen, pero nadie te da un clavo”.

Sin embargo, el destino para Ranita Feliz venía afortunadamente con mucho más que promesas y clavos. Tras capacitarse con el personal de territorio, Deolinda presentó junto a los voluntarios el proyecto para terminar el comedor y poder imaginar no solamente el espacio para las raciones de comida, sino también, contar un lugar en donde se puedan brindar talleres educativos y capacitaciones en oficios.
Luego de presentar el proyecto y ser aprobado, los materiales comenzaron a llegar. Primero fue el techo, luego el revoque, las aberturas, las luminarias junto a la instalación eléctrica y los detalles con el aporte incansable de Andrés, voluntarios y vecinos, que lograron regalarse para el 2025 la inauguración del soñado espacio propio para Ranita Feliz.
“No todos hacen lo que hacen ustedes. Para nosotros es un aporte fundamental lo que hicieron con el comedor, pero lo que hicieron también para el día del niño, que desde Cargill trajeron payasos, juguetes, golosinas. Los chicos creo que pasaron el mejor festejo de su día en estos 7 años” cuenta emocionada Deolinda que recuerda ese comienzo con una olla al fuego al aire libre y agradece cada aporte que la llevaron a la inauguración del espacio propio.

“Ahora vamos a poner una escuela primaria, ya estuvimos viendo para que se pueda aprender herrería y otros oficios, porque nosotros además acá les armamos el currículum a todos. Ya son 5 personas que consiguieron trabajo por medio del comedor”, cuenta orgullosa y sonriente agrega casi de forma picaresca “ya nos queda chico el espacio”.
A Deolinda, Andrés y a toda la comunidad de Ranita Feliz no les sobra nada. Sin embargo, eso que tienen lo ponen sobre la mesa para ayudar a su comunidad. El primer paso era tener un espacio propio y pudieron lograrlo gracias al esfuerzo cotidiano, junto al aporte invaluable de Cargill y el equipo de Global Communities Argentina. Ahora, el camino a recorrer sigue con capacitaciones y talleres que permitan que Ranita Feliz pueda soñar con un futuro en donde cada uno de los chicos que hoy concurren al comedor, puedan comer en su casa junto a su familia.
Otro sueño, otra utopía, de esas que hacen que Deolinda y muchos más en el barrio, se sigan levantando a las 4 de la mañana para darle una mano al otro.
